Críticas a Punga

Aquí se encuentra reunida las críticas de este libro publicado por Ediciones La Calabaza del Diablo, a mediados del 2006.

Saturday, August 19, 2006

El león por fin ha rugido


Escrito por Roberto Fuentes en la Revista de Libros de El Mercurio Miente (18/08/2006)

León, el autor, ha escrito su mejor libro hasta la fecha. León, el personaje protagonista de estas crónicas, no estaría orgulloso de ello, pues piensa que la crónica es un género indigno de cualquier persona que se autodenomine como escritor. Se ha dicho del autor que su prosa es sucia, repleta de errores y con escasa sutileza. De este libro también se puede decir que es un texto sucio, pero sólo debido a la atmósfera de marginalidad que envuelve cada historia. La prosa ha mejorado mucho. También existe un avance en el tratamiento de los personajes y en la estructura dramática.
Varias de sus crónicas pueden ser calificadas simplemente como excelentes cuentos. En 'Se vende', nuestro antihéroe recorre la capital en busca de trabajo. Es rechazado para un puesto de ventas telefónicas y tampoco es aceptado como peluquero estilista; en cambio, es tentado por medio millón mensual para prostituirse: sus potenciales clientes son hombres de la tercera edad. Es un relato oscuro, con imágenes que provocan náuseas, pero que al mismo tiempo emocionan. "Tirando pa Colina" es otro de los trabajos bien logrados. Un taller literario dentro de una cárcel se transforma en un delirante encuentro de personajes donde no se sabe quién está atrapado o no.
El libro, eso sí, es irregular. Muchas de las crónicas son prescindibles debido a que no le interesan más que a León, al autor, y a sus amigos. Otras tantas poseen finales demasiado abruptos.
A pesar de todo, Punga es un texto hilarante y que desborda honestidad.

Realidad y literatura

Escrito por Luis Riffo en El Mercurio de Valparaíso (11/08/2006)

Este Gonzalo León es el mismo que publica todas las semanas en La Nación y este libro contiene una recopilación de algunas de sus crónicas. En ellas el autor ha logrado que el escritor prevalezca por sobre el periodista, sin restarle valor documental a cada una de sus historias. El resultado es un volumen de relatos en los que el protagonista, el omnipresente Gonzalo León, se interna en los rincones más sórdidos, más pintorescos y más absurdos de nuestro país. Y eso de internarse es literal, porque la estrategia del escritor periodista es involucrarse sin reservas en las experiencias decadentes, patéticas y siempre divertidas que se propone investigar. Es un cronista que trasciende la función del testigo, del observador pasivo, para convertirse él mismo en objeto de su investigación interactuando con la realidad. Nada de pretendida objetividad ni reportes graves y edificantes al estilo de “Contacto” o “Informe Especial”. La idea es vivir el vértigo para contarlo y el personaje León, a pesar de sus graciosos lamentos, parece disfrutar de sus viajes a esos pequeños infiernos que habitan en los lugares más insospechados. O, mejor dicho, en los lugares por todos conocidos pero de los que nadie quiere hablar.Las prostitutas viejas que se ofrecen en el centro de Santiago, el tráfico de drogas en la población La Legua, un taller literario en el violento ambiente de la cárcel de Colina, un partido de fútbol de barrio contaminado por una corrupción a menor escala, experimentación con fármacos de estimulación sexual y técnicas alternativas para provocar un aborto, una playa nudista con una ambigua vocación homofóbica, las curiosas alternativas laborales que se le pueden presentar a un cesante ilustrado que reparte sin éxito su currículum, locales nocturnos de Santiago y Chillán vividos hasta las últimas consecuencias, una visita llena de impertinencias al Congreso Nacional, un accidentado (y ridiculizado) encuentro feminista en Olmué, un paseo por las tierras originarias del papa Juan Pablo segundo realizado en las cercanías de San Fernando. Realidades diversas que convergen en la experiencia y la mirada de este punga por encargo que se propone o acepta (a medio camino de la complacencia y el instinto de supervivencia) infiltrarse en el lado oculto del noticiario, en la escabrosa bitácora de seres humanos que viven la degradación o el absurdo como rutina cotidiana.
El estilo desenfadado, irónico y pesimista de estas crónicas recuerdan en cierto modo a los Escritos de un viejo indecente de Bukowski y la actitud del personaje León no se aleja mucho de la imagen decadente y autodestructiva de Henry Chinaski, salvo por el vínculo laboral con el diario, que parece desempeñar el rol de un hilo gracias al cual puede entrar y salir de los tortuosos laberintos.
Realidad y literatura entrecruzadas, confundidas, convertidas en parodias recíprocas que dejan en el aire una sensación de irrealidad que, sin embargo, las hace poderosamente verosímiles. Pero detrás de la risa, o con ella, se desliza una visión de la vida, del país en que vivimos, en lo que nos estamos convirtiendo. Hay dos citas en este libro que parecen definir su propósito, una de Lihn y la otra de Ramón Griffero: “La realidad es el único libro que nos hace sufrir” y “El arte y la literatura son los últimos reductos de libertad que nos van quedando”.

La pulga en la oreja

Escrito por Ramón Díaz Eterovic en la Revista Punto Final (14/07/2006)

La crónica es un género que ha tenido una destacada expresión en los últimos años. Tal vez sea la necesidad de conocernos más a fondo o la desconfianza que merece la historia oficial lo que ha impulsado a una serie de autores a incursionar en esta escritura que tiene la inmediatez que impone el periodismo y la chispa de la buena literatura que, en un par de pinceladas, desnuda el alma de lo que somos o creemos ser. Hay están las crónicas de Pedro Lemebel, Roberto Merino, Francisco Mouat o las de Alvaro Bisama, junto a la de cronistas más avezados como Jorge Edwards y Enrique Lafourcade, y las siempre oportunas reediciones de los escritos periodísticos de Joaquín Edwards Bello. Todos ellos, y algunos otros autores, con sus particularidades y acentos, están recogiendo los matices de un Chile profundo y muchas veces ignorado. A los citados, debemos agregar a Gonzalo León (1968) y sus crónicas, reunidas en el libro “Punga”, recientemente publicado por la editorial La Calabaza del Diablo, y que se suma a sus libros anteriores: “La ley del hielo”, “Orden y paria” y “Pornografíapura”.
Para escribir hay que vivir a concho parece ser la consigna que anima a León, en la medida que no es el clásico cronista que mira el ambiente o el personaje que se propone abordar y luego escribe desde la distancia de un testigo más o menos comprometido. León asume el punto de vista del protagonista, y en ocasiones podríamos decir de la víctima que se juega el pellejo para captar cada detalle de las situaciones que enfrenta. Un protagonista que vive lo que cuenta, asumiendo sus riesgos y dando de ese modo una cercanía muy especial a cada una de sus crónicas en la que no hay teorías ni imposturas, ni intención de hacer sociología a la rápida, sino que sinceros fragmentos de vida, que es lo que en definitiva salva a cualquier escritura del olvido.
León puede ser el testigo horrorizado de un intento de aborto, el reportero en medio de una pichanga de fútbol poblacional, el cliente que se la juega para conocer el calor de una puta en sus últimos trotes, el preso que conoce la cárcel y a sus habitantes desde dentro, el borrachito que bebe en un cochambroso bar de La Vega, el vendedor ambulante de chucherías navideñas, el torpe cliente de unas copetineras de provincia, y un largo etcétera de personajes que dan vida a sus crónicas de “Punga” y las hacen creíbles y atractivas. Crónicas publicadas en su momento en el diario La Nación y que ahora se pueden leer sin la prisa del periódico, con la calma que permite un libro y la posibilidad de apreciarlas en su conjunto, constatando la escritura de un autor que ha sido capaz de construir una mirada propia y nos entrega una bocanada de auténtica realidad en cada uno de sus textos.
El humor es un ingrediente básico en los escritos de León. Sin el humor, sin el personaje que él ha creado a partir de sí mismo, muchas de sus crónicas serían patéticas y sórdidas, como las situaciones que presenta en muchas de ellas. Pero el humor las redime. A modo de ejemplo, cuando en una de las crónicas el personaje León, en pelotas y solo provisto de sus zapatillas, se pasea por una playa nudista, es como el hombrecito de Chaplin que camina distraído por una trinchera o sale ileso de las situaciones más terribles gracias a su aparente inocencia y al humor con el que se desplaza por los acontecimientos. Este humor que viste al personaje León, hace que uno busque sus crónicas tanto por lo que nos quiere contar, como por ver en acción a su autor.
Gonzalo León es una pulga en la oreja que nos hace mirar de frente nuestra realidad. En su libro hay buena pluma y buenas historias. Hay personajes oscuros y tiernos. Hay, insisto, una mirada y un personaje. Está presente el lado oculto de Santiago y la cara más desamparada de la provincia. Hay mundos por los que a diario pasamos sin darnos cuenta de sus existencias. Está la otra cara de la luna, la covacha donde vive el jaguar chilensis, el rostro desamparado que no reflejan las estadísticas macroeconómicas, el país que nos pide una limosna en cada esquina. Otra cara de lo que somos y lo que en buena medida nos hace odiar y amar a nuestro país.
“Punga” es un rugido de Léon que espero se escuche con toda su potencia en medio de nuestra selva literaria.

Esto es un escándalo (extracto)

Escrito por Andrés Braiwhite en Las Últimas Noticias (09/07/2006)

Las crónicas de "Punga" demuestran que Gonzalo León efectivamente tiene pasta de reportero: el tipo se pasea como Pedro Lemebel por su casa por los topless, por la medialuna de Rancagua, por las inmediacionesde la casa de Pinochet e incluso por Cumpeo, y de todos aquellos lugares obtiene descripciones interesantes. El problemas es que, reunido todo este material en un solo volumen, el efecto no es similar al de leer sus partes en el contexto de un diario que, además de los mencionados artículos, trae una infinitud de otros artículos.

Gonzalo León, mi héroe

Escrito por Fernanda Donoso (07/07/2006) en el diario La Nación

Debería decir “Gonzalo León, mi héroe”, pero sería demasiado estilo León. En “Punga”, su último libro, no se detiene ni frente a un casting de Carlos Pinto. Aunque no lo contrataron de extra, ese día le ofrecieron un papel (un millón y medio de pesos mensuales) de activo o pasivo en un trabajito sexual. Como tiene orgullo, humor y pega, el cuero no le dio para tanto. Intentaba entrar a varios oficios chantas, incluso al de peluquero evangélico sin experiencia, sólo para escribir uno de sus reportajes de La Nación Domingo, que aparecen coleccionados aquí, en una secuela híper divertida.
León tiene un humor inclasificable de imitador de periodista avezado, de parodia de cronista de sucesos. Y una manera exacta de decir mi chofer, mi fotógrafo, mi chica trostkista (que al principio era mi chica bisexual). Como buen periodista local, sale a reportear la ordinaria realidad chilena, y aunque esté en la noche de las Chillán Ladies, o en una celda de la Capitán Yáber, logra parecerse a su admirado Kennedy Toole en “La conjura de los necios”.El mismo se retrata parecido: gordo, con lentes y dientes chuecos. También se parece al Gordo y al Flaco, y a otro periodista-escritor de cuidado: David Foster Wallace. Lo suyo es un talento con fenotipo. Como hablante lírico, León no vale nada, y escribe prosa porque como todo escritor intentó ser poeta. Ahora es notable ver lo que hace con lo que no hace: por ejemplo buscar a Pinochet en la calle Málaga, en La Dehesa, en su Fundación, en un viaje de una tarde en radiotaxi, del que se desliza con valor -hay que reconocerlo- para sostener con sus admiradores y sirvientes, los diálogos más suaves: “-Busco a Pinochet. El tipo sonríe. -No le puedo dar “esa” información. -En la otra entrada me dijeron que usted podía darme “esa” infomación”.
León se arriesga sin cruzar el río: desde la orilla, se ríe con ganas. Pelado a los lados y con un mechón sobre la frente, vestido con esfuerzo, después de todo, lo hizo: “Viajé desde Viña del Mar hasta el mítico Cumpeo. Estuve con políticos y prostitutas viejas, ¡escuchen bien!, sólo para probar un Viagra. Leí en un módulo de Colina 2, bajo la atenta mirada del peruano que asesinó y violó a unos chilenos en el norte. Caminé en procesión a Lo Vásquez durante diez horas”. “Y por sobre todo -sobregirándose- escribí literatura de urgencia”.

“PUNGA”
Gonzalo León
La Calabaza del Diablo
Santiago, Chile, 2006,
144 páginas

El punga de león

Escrito por Carmen Sepúlveda en La Nación Domingo (25/06/2006)

Esta es una de esas columnas que si la hubiese escrito el 2004 sería demoníaca, pero el tiempo tiene esa gracia: ayuda a superar los prejuicios, descubrir a las personas y a las buenas plumas cuando se es fanática de buscar textos provocativos. Mi editor, coordinador, grupo, quien me dirige o quien sea, me mandó a cubrir el lanzamiento de “Punga”, cuarto o quinto libro de Gonzalo León, y lo peor es que se adicionaba un elemento: los chicos del Arcis le harían una funa. Funa a León, qué horror, estaré ahí sin falta, me dije. Pero, ¿quién funa avisando que funa?¿Quién es este Gonzalo León?, se preguntarán quienes por primera vez lean este diario. León es un porteño de esos bien frenéticos que buscan sobrevivir de la escritura y cuenta la historia de que de tanto buscar encontró un día a alguien que lo escuchó. Ese alguien era editor de La Nación Domingo, también porteño. El puerto los unió y desde ahí este grandulón ganó tribuna. Mandaba sus textos semanalmente, se inventó una sección denominada “A sangre fría” y así se convirtió en nuestro Truman Capote que no sólo observaba, sino que vivía cada una de las historias. Entiendo-que-el-diario-tenía-que-vender. Hum.
Por mi parte les puedo decir que no sabía de León antes de leerlo, la primera vez fue con el cuento de las viejas putas de calle Esmeralda, un texto que paralizó mi sensibilidad. Fue ése el que me mostró a un hombre medio loco, medio marginal, niñito bien perdido, freak, bisexual, gay no asumido, híbrido, pero de maldito nada, por eso lo leí. Sin embargo, desde ese momento decidí no saludarlo más por el asco que me generó. Suficiente me era con Spiniak para agregarle más cosas feas a mi mate, pensaba en esos tiempos. Si el periodismo puede llegar a ser limpio, por qué mis compañeros se empeñan en hacer una mierda de todo esto; poco faltó para que regalaran en el periódico caca seca como abono natural. ¡Dios mío! Bueno, pero ahí estaba León con sus propuestas de temas.Créanme, cada vez que lo veía en pautas me lo imaginaba saboreando las encías de las viejas prostitutas y era cerdo, qué atroz, y ahora que lo recuerdo me vuelve a dar el asco. Porque una cosa es pagar por sexo, otra es tener mal gusto, pero otra cosa es el morbo. Mi morbo, su morbo, el morbo de todos, y yo no quería enfrentarme con eso.Con esas náuseas, un día lo vi sentado en la calle fuera de El Toro, dejé hasta de comer, incomprensible era el comportamiento de este personaje. ¿Por qué se sentaba en el suelo si podía estar comiendo mariscos bien sentado? Pero no, él estaba ahí y yo hacía como que no lo conocía. Otra instancia donde me lo topé fue en el cumpleaños de un periodista amigo, León llegó y, tate, se mandó el pastelazo: le agarró el culo a una de las periodistas invitadas. Todo mal. ¿Por qué lo hace?, era la eterna pregunta que me hacía sobre él. Hasta que un día, solos, en la mesa de la sala de reuniones, conversamos; él me dijo que no sabía qué hacer con una mujer que se le había instalado en casa; yo lo escuché y me interesé: este hombre sale con mujeres y tiene casa. Sí, pero ella es bisexual y trotskista, me respondió. Ya, no importa, le dije. ¿Qué harás? No sé, poh, me respondía con cara de complicado. Desde ese minuto creo que lo miré distinto. Este hombre siente. Es un niño, que se desnuda en la playa sin sacarse las zapatillas porque tenía un dedito de más. Ternura era él en completo. Desde ese minuto lo defendí siempre.Ahora, en el lanzamiento de “Punga”, se ve impecable. La presentación estuvo a cargo de Gonzalo Oyarzún, director de la Biblioteca de Santiago, y Ramón Díaz Eterovic. León necesita ir al baño. Okay, vaya al baño. Álvaro Hoppe, fotógrafo amigo, quiso ser uno más de los presentadores, se disfrazó en el escenario, habló rápido como viejita y condecoró a su partner hijo ilustre de Santiago. Oyarzún define lo que es ser punga: ordinario, picante, etc. Cuado lo dice, un grupo de jóvenes alternativos se incorpora en el auditorio, serán los del Arcis que vienen a funarlo, me pregunto. Me da nervio esta situación. Si le hacen algo a León, saltaré como pantera. Oyarzún continúa: a León se le descubre. ¿No güéi?, refuta el escritor-periodista. Y se toquetean ambos.
Ramón Díaz Eterovic pensó que el libro se titulaba pulga. Define a León como escribiente múltiple porque un día puede estar frente a una niña que está a punto de abortar, otro tomando Cialis y otro siendo una víctima. Todo es posible en él. Finalmente, León sin tartamudear dice que escribe a partir de una construcción, que es más exagerado en el papel. Que su vida no es tan power como muchos creerían. Le creo; en primero fila, una mujer lo mira con ternura, una de sus fans que hoy ama ver el lanzamiento de “Punga”. Es la trotskista, la que nunca más salió de su casa.