Realidad y literatura
Escrito por Luis Riffo en El Mercurio de Valparaíso (11/08/2006)
Este Gonzalo León es el mismo que publica todas las semanas en La Nación y este libro contiene una recopilación de algunas de sus crónicas. En ellas el autor ha logrado que el escritor prevalezca por sobre el periodista, sin restarle valor documental a cada una de sus historias. El resultado es un volumen de relatos en los que el protagonista, el omnipresente Gonzalo León, se interna en los rincones más sórdidos, más pintorescos y más absurdos de nuestro país. Y eso de internarse es literal, porque la estrategia del escritor periodista es involucrarse sin reservas en las experiencias decadentes, patéticas y siempre divertidas que se propone investigar. Es un cronista que trasciende la función del testigo, del observador pasivo, para convertirse él mismo en objeto de su investigación interactuando con la realidad. Nada de pretendida objetividad ni reportes graves y edificantes al estilo de “Contacto” o “Informe Especial”. La idea es vivir el vértigo para contarlo y el personaje León, a pesar de sus graciosos lamentos, parece disfrutar de sus viajes a esos pequeños infiernos que habitan en los lugares más insospechados. O, mejor dicho, en los lugares por todos conocidos pero de los que nadie quiere hablar.Las prostitutas viejas que se ofrecen en el centro de Santiago, el tráfico de drogas en la población La Legua, un taller literario en el violento ambiente de la cárcel de Colina, un partido de fútbol de barrio contaminado por una corrupción a menor escala, experimentación con fármacos de estimulación sexual y técnicas alternativas para provocar un aborto, una playa nudista con una ambigua vocación homofóbica, las curiosas alternativas laborales que se le pueden presentar a un cesante ilustrado que reparte sin éxito su currículum, locales nocturnos de Santiago y Chillán vividos hasta las últimas consecuencias, una visita llena de impertinencias al Congreso Nacional, un accidentado (y ridiculizado) encuentro feminista en Olmué, un paseo por las tierras originarias del papa Juan Pablo segundo realizado en las cercanías de San Fernando. Realidades diversas que convergen en la experiencia y la mirada de este punga por encargo que se propone o acepta (a medio camino de la complacencia y el instinto de supervivencia) infiltrarse en el lado oculto del noticiario, en la escabrosa bitácora de seres humanos que viven la degradación o el absurdo como rutina cotidiana.
El estilo desenfadado, irónico y pesimista de estas crónicas recuerdan en cierto modo a los Escritos de un viejo indecente de Bukowski y la actitud del personaje León no se aleja mucho de la imagen decadente y autodestructiva de Henry Chinaski, salvo por el vínculo laboral con el diario, que parece desempeñar el rol de un hilo gracias al cual puede entrar y salir de los tortuosos laberintos.
Realidad y literatura entrecruzadas, confundidas, convertidas en parodias recíprocas que dejan en el aire una sensación de irrealidad que, sin embargo, las hace poderosamente verosímiles. Pero detrás de la risa, o con ella, se desliza una visión de la vida, del país en que vivimos, en lo que nos estamos convirtiendo. Hay dos citas en este libro que parecen definir su propósito, una de Lihn y la otra de Ramón Griffero: “La realidad es el único libro que nos hace sufrir” y “El arte y la literatura son los últimos reductos de libertad que nos van quedando”.
Este Gonzalo León es el mismo que publica todas las semanas en La Nación y este libro contiene una recopilación de algunas de sus crónicas. En ellas el autor ha logrado que el escritor prevalezca por sobre el periodista, sin restarle valor documental a cada una de sus historias. El resultado es un volumen de relatos en los que el protagonista, el omnipresente Gonzalo León, se interna en los rincones más sórdidos, más pintorescos y más absurdos de nuestro país. Y eso de internarse es literal, porque la estrategia del escritor periodista es involucrarse sin reservas en las experiencias decadentes, patéticas y siempre divertidas que se propone investigar. Es un cronista que trasciende la función del testigo, del observador pasivo, para convertirse él mismo en objeto de su investigación interactuando con la realidad. Nada de pretendida objetividad ni reportes graves y edificantes al estilo de “Contacto” o “Informe Especial”. La idea es vivir el vértigo para contarlo y el personaje León, a pesar de sus graciosos lamentos, parece disfrutar de sus viajes a esos pequeños infiernos que habitan en los lugares más insospechados. O, mejor dicho, en los lugares por todos conocidos pero de los que nadie quiere hablar.Las prostitutas viejas que se ofrecen en el centro de Santiago, el tráfico de drogas en la población La Legua, un taller literario en el violento ambiente de la cárcel de Colina, un partido de fútbol de barrio contaminado por una corrupción a menor escala, experimentación con fármacos de estimulación sexual y técnicas alternativas para provocar un aborto, una playa nudista con una ambigua vocación homofóbica, las curiosas alternativas laborales que se le pueden presentar a un cesante ilustrado que reparte sin éxito su currículum, locales nocturnos de Santiago y Chillán vividos hasta las últimas consecuencias, una visita llena de impertinencias al Congreso Nacional, un accidentado (y ridiculizado) encuentro feminista en Olmué, un paseo por las tierras originarias del papa Juan Pablo segundo realizado en las cercanías de San Fernando. Realidades diversas que convergen en la experiencia y la mirada de este punga por encargo que se propone o acepta (a medio camino de la complacencia y el instinto de supervivencia) infiltrarse en el lado oculto del noticiario, en la escabrosa bitácora de seres humanos que viven la degradación o el absurdo como rutina cotidiana.
El estilo desenfadado, irónico y pesimista de estas crónicas recuerdan en cierto modo a los Escritos de un viejo indecente de Bukowski y la actitud del personaje León no se aleja mucho de la imagen decadente y autodestructiva de Henry Chinaski, salvo por el vínculo laboral con el diario, que parece desempeñar el rol de un hilo gracias al cual puede entrar y salir de los tortuosos laberintos.
Realidad y literatura entrecruzadas, confundidas, convertidas en parodias recíprocas que dejan en el aire una sensación de irrealidad que, sin embargo, las hace poderosamente verosímiles. Pero detrás de la risa, o con ella, se desliza una visión de la vida, del país en que vivimos, en lo que nos estamos convirtiendo. Hay dos citas en este libro que parecen definir su propósito, una de Lihn y la otra de Ramón Griffero: “La realidad es el único libro que nos hace sufrir” y “El arte y la literatura son los últimos reductos de libertad que nos van quedando”.

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